Ser genio no es un milagro

Puesto que pensamos bien de nosotros mismos, pese a lo cual no nos suponemos capaces de producir un cuadro como los de Rafael o una escena dramática como las de Shakespeare, nos convencemos de que la capacidad para hacer tal cosa es magníficca y extraordinaria, un accidente del todo inusitado o, de poseer aún una inclinación religiosa, una merced de lo alto. Así, nuestra vanidad, nuestro amor propio, promueve el culto del genio, porque sólo si lo pensamos muy lejos de nosotros, como un milagro no nos agravia. […] Pero, aparte de esas sugerencias de nuestra vanidad, la actividad del genio no parece fundamentalmente distinta de la del inventor de máquinas, el especialista en astronomía o historia, el maestro de la táctica. Todas estas actividades son explicables si uno imagina personas cuyo pensamiento es activo en una dirección, que emplean todo como material, que observan siempre celosamente su vida interior y la de los demás, que perciben en todos lados modelos e incentivos, que nunca se cansan de combinar los medios a su disposición. Tampoco el genio hace otra cosa que aprender primero cómo poner los ladrillos y construir después, tanto como buscar continuamente materiales y formarse continuamente en torno a ellos. Todas las actividades del hombre son prodigiosamente complejas, no sólo la del genio; pero ninguna de ellas es un “milagro”.

Friedrich Nietzsche

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